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El blog de Sergio Fernández

Publicado: 24 de Septiembre de 2009

Más que números  Un poco de memoria

Más que números
Un poco de memoria

valoración del artículo:

Por Sergio Fernández

He estado unos días por la montaña entrenando largo y despacio. Es una zona que conozco bastante bien pues he pateado, pedaleado o retorcido un puño desde pequeño, me encanta y me siento identificado con el lugar. No estoy apegado a ninguna tierra, no es un sentimiento que consiga comprender, pero algo me hace que aquí me sienta rápidamente como en casa, incluso tolero mejor el fresquito, me duelen menos las articulaciones y entreno largas distancias sin cansarme tanto. He afinado bastante, el organismo se me ha adaptado rápidamente e incluso me ha bajado el pulso bastante, desconozco el porqué.

El día más largo por una carreterilla que bordea un pantano, que de pequeño no existía, giré la cabezota y rápidamente reconocí un sendero mítico en mi iconografía particular. ¡’Arritmia’! Hace más de una década subía por ese sendero de enduro empujando la bici con mi hermano, con la panza llena tras desayunar los clásicos gofres y con el pulso disparado. Veía el corazoncito de mi pulsómetro en negro, como una metralleta, iría a 160 pulsaciones por minuto fácil, la cinta –el emisor- vibrando en mi pecho como si le diese calambre… y de repente, pulsómetro en blanco y vibración desaparecida… joder, que se me ha parado el corazón. Una arritmia de libro, seguro que un cardiólogo lo disfrutaba, pero yo, en medio de la montaña con la mirada clavada en el puñetero cristal líquido del pulsómetro me quedé tieso. No serían ni cinco segundos, suficientes para bautizar ese sendero. Supongo que la conversación posterior sería del tipo:

Sergio: ‘Joder, se me ha parado el corazón’.
El hermano: ‘Vale’.
Sergio: ‘Curioso’.
El hermano: ‘Sí’.

Por supuesto que cogí ese sendero, aunque llevase más de tres horas y media corriendo. Como cogí otros que me recordaban otras situaciones de mi vida deportiva: aquí me calcé una piña, deslizada por arena, y según estaba cayéndome pensaba en que iba a romper mis flamantes manguitos Troy Lee Designs recién traídos desde los ‘States’ cuando comprar al otro lado del Atlántico era cuestión de paciencia y cierta fe; esta bajada la hice corriendo con un amigo a degüello, en aquella época en la que aún no llevaba el millar de esguinces de tobillo que ahora acumulo; este pueblo sigue igual, ¡ah, no que han asfaltado una calle en 25 años!; en esta fuente sigue poniendo ‘Agua no potable’, voy a rellenar de inmediato; en esta potente trialera hace un par de años recogí los restos de manetas de freno de endureros, vaya hay otra más, no se levantan del suelo algunos; ¡coño, pero si hay hasta jabalíes ahora!, estos son de importación.
Por supuesto que cogí ese sendero, aunque llevase más de tres horas y medias corriendo.
Déjà vu, ya vivido. No iré más de una vez al año y sigue encantándome el lugar. Bueno, el lugar está bien, pero lo que me gusta son los recuerdos, y que sigo haciendo cosas parecidas muchos años después, porque ni la bici ni correr han sido una moda para mí, fueron, son y creo que serán parte de mi vida, para siempre.

Al final cayeron 40,28 km de montaña, en 4h37’33”, con 1.227m de desnivel positivo. Qué cerca me he quedado de la maratón, con dos vueltas a la manzana llega a los clásicos 42,195 km. Qué más da, son sólo números. Me llevo a casa mucho más que números.

Desde el ordenador de Sergio Fernandez: sfernandez@adventurelife.es

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