Publicado: 2 de Marzo de 2009
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Para los buceadores amantes de los pecios hay destinos que son un referente obligado. Una meca de necesario peregrinaje: las dos flotas hundidas a bombazos atómicos en Bikini (Islas Marshall), los mercantes japoneses que reposan en los fondos de los atolones de Truk (Chuuk, Micronesia Central) y Palau (Micronesia Occidental), acorazados, cruceros, submarinos del Káiser Guillermo autoinmolados en las gélidas aguas escocesas de Scapa Flow.
Poco, nada se sabía de los barcos japoneses que en Septiembre de 1944 habían buscado refugio en lo que entendían sería su salvador escondite de Coron, en Filipinas.

Por aquel entonces los norteamericanos ya habían dado buena cuenta de numerosos transportes en la bahía de Manila y el almirantazgo nipón pensó haber encontrado el mejor escondite entre la miríada de islas del archipiélago, situadas al norte de Palawan. Pero la aviación norteamericana localizó a los mercantes, bombardeándolos con implacable eficacia. No quedó ni uno a flote.
Ahora es posible visitarlos bajo las aguas. Se han convertido en santuarios de vida, arrecifes artificiales donde encuentra alimento y protección toda la extensísima fauna y flora tropical de este paraíso en la tierra que se llama las islas Filipinas.
El primer pecio visitado fue el Akitsushima, un transporte de hidroaviones que se encuentra a 35 metros de profundidad tumbado sobre uno de sus costados. En su inmensa grúa caída sobre el fondo como un brazo inerte se esconden grandes meros tropicales envueltos en una masa palpitante de rojos anthias.

Más allá, el Okikawa Maru, inmenso petrolero de 160 metros de eslora permite recorrerlo en su interior de popa a proa, una proa reventada que se proyecta hacia la superficie. Y también están el Irako, una nave de 147 metros, el Kogyo Maru, de 130 metros, el Olympia Maru, de 122 metros. Hasta doce pecios concentrados en una corta área y por ello fácilmente accesibles. Cada uno de ellos requiere por lo menos cuatro inmersiones dado su inmenso tamaño. Y tienen una particularidad. Las explosiones de las bombas los han convertido en espacios fácilmente buceables ya que continuamente encontraremos puntos de luz y zonas de escape. Incluso en el Okikawa Maru pude explorar todas sus bodegas, las salas de máquinas ¡¡y salir por el buje de la hélice desde el interior hacia el timón!!
Y allí, vigilando protegiéndose en él, un inmenso cardumen de “jacks” me envolvió, saludándome y despidiéndome de una magnífica, inhabitual y poco conocida inmersión.
No se la pierda.
Filipinas le espera.
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Comentarios
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