Publicado: 5 de Octubre de 2009
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La República de Mali es un microcosmos africano de gentes convivenciales (excepto en el extremo nordeste donde es preferible evitar la demasiado cálida acogida de los bandidos-terroristas tuaregs). Todo Mali, desde el largo arco del río Níger desde Bamako a Tombuctú es un tránsito a través de gentes y lugares que el viajero tardará en olvidar.
Bamako merece una visita a su extraordinario mercando central, corazón de la vida y animación de la capital administrativa y política del país.
De allí una carretera en buenas condiciones no llevará a Segou, que fue en tiempos de la colonia el corazón de la administración francesa. De estos tiempos quedan rastros, y apreciables, en la magnífica arquitectura de estilo “sudanés” de lo que fueron en su día residencias de los colonos.

Y de Segou a Djenne, corazón del Islam pre-sahariano. Su mezquita es quizás la más afamada (y con razón) del cinturón saheliano. Torres que concluyen en punta trabando, enmarcando, el perímetro del recinto sagrado al que ahora se accede con alguna dificultad ya que demasiados occidentales han confundido la acogida con un “ancha es Castilla”, sin respeto alguno a las costumbres de las gentes y al respeto que debe merecer el lugar.
Djenne es, además, sus calles y sus gentes. El atractivo de su arquitectura tradicional, idéntica a sí misma desde hace siglos, y la facilidad del trato y acceso con sus habitantes. Djenne es una síntesis de la amabilidad y apertura africana con la hospitalidad y caballerosidad árabe. Lo mejor del Islam.
De Djenne la continuación a Mopti presenta dos alternativas: bien por carretera, o más recomendable alquilando una pinaza (hotel, restaurante y transporte todo en uno) que río Bani arriba nos llevará a nuestro destino, allá donde confluyen el Bani y el Níger.
Mopti es el puerto fluvial más importante del Níger. Sus muelles merecen algo más que un pasar apresurado. Y desde Mopti una buena carretera, luego una pista, nos llevará primero al país Dogon a través de los muy conocidos acantilados de Bandiagara, sometidos hoy a una presión turística que los ha convertido de originales en típicos, luego a Hombori y después a Douentza, patria de los bozos y bambaras. Los apasionados de la escalada extrema tendrán la ocasión de jugarse el pellejo en los acantilados de Djounde (“los tres dedos”), gruesas columnas rocosas que se proyectan en vertical de suelo a cielo.

Los más prudentes con observarlas tenemos suficiente.
Y desde Douentza a Hombori, la puerta del extraordinario desierto de Gourma Rarus.
Gourma Rarus es la patria de otros tuaregs (estos sí recomendables) que nomadean desde el arco del Níger (Tombuctú) hasta Bourkina Fasso.
Con un todoterreno se podrá atravesar las extensiones del semiárido Sahel y, por fin, las dunas del desierto sahariano.
Un arenal extraordinario que en época de lluvias (de junio a octubre) se transforma en un ondulante y efímero multicolor rojo, amarillo, azul. Son las flores que tapizan lo que unos días antes fue el desierto y volverá a serlo unos días después. Floración intensa que aprovecha la breve humedad para nacer, crecer y reproducirse en semillas que quedarán enterradas hasta el próximo año. Hasta la permanente repetición del ciclo.
Y en esos arenales, ahora florecidos, podremos ver otro más aún increíble espectáculo: manadas de elefantes que bajando desde el río Níger se internan en este desierto trasladándose de poza en poza.
Y, por fin, alcanzaremos las orillas del río Níger en Koriume. Enfrente, a una veintena de kilómetros de la orilla del río, nos espera Tombuctú. El mítico Tombuctú, referente obligado de todos los viajeros que en el mundo han sido… y que nos decepcionará hasta la médula.
Porque del Tombuctú de René Caille, de aquella capital de la que se expandía el oro, el marfil, los esclavos, el comercio, conquistada por el almeriense Ibn Yuder y su tropa de desesperados moriscos, no queda nada.
Con optimismo diremos que casi nada: la mezquita, algunas casas que fueron historia y la extraordinaria biblioteca Kati, gestionada-protegida-mantenida por una familia que se reclaman descendientes de aquellos moriscos. Los últimos andalusíes.
Y, por fin, la vuelta a Bamako, pinaza mediante, a través del delta interior del Níger, entre Niafounke y Mopti. Un milagro de agua fértil, fango y cultivos (mediocres), de la naturaleza en mitad del desierto.
Un milagro que espera la llegada de la técnica suficiente para convertirlo en el granero de la hambrienta África Occidental.
África padeció antes la colonización del blanco. Ahora la descolonización del negro.
De las oligarquías, fieles, idénticas a sí mismas y entre sí con independencia de su color.
desde el ordenador de Javier Nart: jnart@adventurelife.es
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