Publicado: 31 de Agosto de 2009
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Por Aristóteles Moreno
La salida de León se convirtió en un absoluto laberinto. Nos llevó más de cuarenta minutos dar con la flechita amarilla dichosa y otros tantos abandonar el interminable extrarradio de la ciudad. El trayecto hasta San Martín del Camino era de una fealdad extrema. Una prolongadísima recta que corría paralela a la carretera nacional. No veo yo a Santiago atravesando en alpargatas este camino infame. No lo veo. El pueblo vino a corroborar lo prescindible de esta etapa. Un poblado destartalado fragmentado por el asfalto y herido de muerte por un aljibe monstruoso de varias decenas de metros de altura. Debajo del depósito de cemento armado, el albergue, o lo que en su día pudo tratarse de un albergue y hoy es una despiadada ofensa a los peregrinos.
De San Martín del Camino únicamente sacamos en claro unas reveladoras partidas de dominó, que confirmaron que Carlos era en realidad un androide con una capacidad asombrosa de contar los puntos de manera instantánea. Un tipo que cuenta tan veloz los puntos de las fichas de dominó sólo puede provenir de Gamínedes. O de una estrella de esa barriada. El caso es que esa noche dormimos junto a Carlos, el androide, con un ojo abierto, como ustedes pueden perfectamente comprender.
Al día siguiente nos perdimos nada más iniciar la ruta. Nos desviamos unos tres kilómetros, gracias a que las dichosas flechitas apenas se distinguían en la oscuridad de la madrugada. Perderse tres kilómetros por un campo interminable de maizales y cuando uno está ya visitado por las ampollas y la creciente tendinitis de la rodilla no es motivo de charanga. Recuperamos el camino en Puente de Órbigo y allí descubrimos que habíamos pernoctado en un pueblo de mierda cuando pocos kilómetros más allá existía otro infinitamente más hermoso. Estas cosas pasan cuando uno va por la vida improvisando y sin una mísera guía que llevarse a la boca. O sea, en nuestro caso.
Astorga ya fue otra cosa. Una ciudad monumental con una catedral casi interesante y un palacio de Gaudí que es una copia descarada del Exin Castillos. Ahí la cagaste, Gaudí. En Astorga nos alojamos en uno de los mejores albergues del Camino: San Javier. Aquí comprendimos que un albergue no tiene por qué ser necesariamente un sitio lúgubre, ni cutre, ni sucio, ni descuidado ni constituir, en definitiva, otra prueba más de la capacidad de resistencia de un peregrino. Por tener, tenía hasta un estanque con agua fresca, vinagre y sal para felicidad de nuestros pies.
En Astorga llegó uno de los momentos cumbre. El cocido maragato, que es, por supuesto, una señal inequívoca (otra más) de la huella morisca por estas tierras castellanas. El cocido maragato se come justamente al revés. O sea: se empieza por la carne, se continúa por los garbanzos y se finaliza por la sopa. Se remata con natillas, café y un licor. La experiencia puede ser definitiva si uno no se toma el regreso con calma. Nos levantamos de la mesa como pudimos y alcanzamos la puerta del albergue en un acto de coraje descomunal. Esa noche, como es natural, no cenamos.
En Astorga nos abandonó AM y nos quedamos, por tanto, sin intérprete de las múltiples huellas moriscas que emergían en el camino. Desde Astorga se adentra uno en un camino absolutamente distinto al precedente. Brota una vegetación abundante, aparecen los primeros pliegues del terreno y los pueblos empiezan a resultar hermosos, empedrados y homogéneos. Era el último día y fue la ruta más bella. En todos los aspectos. Nada más salir conocimos a Mercedes y Ana y poco después a Jordi, que debe ser algo así como el cuñado de Santiago, mejor dicho, el acomodador del Camino, un tipo que se conoce al dedillo los recodos, las cumbres, los árboles, los bares, los frikis, los albergues y hasta los pederastas que acechan por aquellas tierras.
El albergue del Pilar es una gozada. Tiene una entrada en arco, como de posada del siglo XVII, y un patio fresco y alargado, idóneo para soplar sangría y departir con la peña. Así fue justamente. Jordi se montó un acertijo con su profesión y allí que nos tuvo toda la tarde que si gigoló, que si músico, que si informático, que si tenía una mercería de barrio. Tanto glamour le dio a la cosa que logró reunir en torno a una mesa a una decena de peregrinos, mayormente peregrinas, parte de las cuales terminaron propinándole un masaje corporal en espalda y pies. Yo, de mayor, quiero ser Jordi. Me lo pido.

Fue entonces cuando regresó Carlos de visitar el roble milenario, para abducir su energía, según dijo, y le dio aquel abrazo interminable a Lola, la hospitalera, a quien acababa de conocer aquella misma tarde. Quien no crea en la energía cósmica de la comunicación humana es que no ha contemplado uno de los abrazos más largos, silenciosos e inquietantes que he visto en mi vida. Instantes después, Coco y yo hicimos unos esfuerzos extraordinarios para no partirnos de risa entre tanto peregrino durmiendo.
Por la mañana siguiente, nos despedimos de Jordi, que resultó ser poeta, y regresamos a casa. Fue ahí cuando sentí una pena cierta en el estómago.
En Madrid, una carterista me bajó bruscamente del efecto pilgrim y me desplumó la pasta y el móvil. Ya ven, por lo tanto, por qué razón amo profundamente el camino y me incomodan, generalmente, ciertos aspectos de la realidad circundante.
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